Las Crónicas del Perú: Cusco 4
En el tren, un amable azafato, o azafata según el día, te ofrece Coca Cola sin gas para beber y unas galletitas saladas que, cuando uno va en reserva, vienen de maravilla. Todo con un trato muy amable y siempre con una sonrisa en la cara, o sea, igualito que en mi pueblo. Bien, la cuestión es que nuestro tren iba tan vacío que éramos sólo 4 personas, por lo que dejaron un vagón en Ollantaytambo. Según ellos es que el servicio apenas había entrado en uso un par de semanas atrás. Pues vale, de coña.
El precio del viaje hasta Aguascaliente era de unos treintaypocos dólares, un robo en toda regla teniendo en cuenta los precios que corren por esos lares. Pero uno ya se iba acostumbrando a ver que los precios de los turistas y de los tulistos variaba ligeramente; los unos pagábamos religiosamente unos precios bastante altos mientras que al resto, a los del país, los precios les salían bastante ajustaditos, supongo que por eso de promocionar lo del turismo interior y eso. En fin, no sé, supongo que eso está bien, pero no sé qué pasaría si en Barcelona hiciéramos lo mismo, aquí vendría alguno con ganas de tocarnos la badana y se acordaría de la madre del alcalde de turno por tener que pagar más que los de aquí y le acabaríamos haciendo un descuento. Bueno, son maneras.
Así pues seguimos camino desde Ollantaytambo descendiendo por el valle hasta Aguascalientes, parada final antes de Machu Pichu y lugar que, siendo fino, no vale un carajo. Quizás es que llegamos tarde, quizás es que estábamos cansados, quizás es que el hotel era una santa porquería, pero bueno, fuera lo que fuera, la cuestión es que el pueblo era para sucidarse en la plaza mayor, si es que tenía. Al menos, nuestro hotel aguacalentino tenía toallas limpias (o lo parecían) y jaboncitos bien cerrados en papel con los que nos dimos una ducha casi de vicio (por lo larga (la ducha)) antes de salir a cenar.
Así que ahí estábamos, en plena noche peruana buscando un lugar donde rellenar nuestros estómagos pero pensando qué coño comer, porque yo seguía "tocado" y cualquier cosa que veía y que fuera para comer me producía arcadas. De hecho, por un segundo me vino un cui (la ratas esa que se comen ahí) a la mente y el pobre bicho casi sale en canoa por mi boca. Qué asco. En fin, que al final encontramos un lugar que hacían un poco de todo y que además tenía la pinta de no estar muy sucio, así que me pedí una pizza porque pensé que un poco de grasa con Coca Cola mataría todas la bacterias de mi cuerpo de una maldita vez.
Pero ni por esas. Conforme la pizza iba entrando en mi cuerpo éste quería echarla a toda prisa, el estómago me dolía más y más y mis ascos iban en aumento, ni la Coca Cola podía parar aquella espiral de dolor que era para cagarse, así que por si acaso, me fui por donde había venido, pagando religiosamente, eso sí, y me volví al hotel por lo que pudiera ser, que irse de varetas en un sitio así no apetecía mucho. Pero, lo mejor del caso es que aquel puto pueblo era tan parecido todo que me equivoqué volviendo y me perdí entre sus callejuelas y, lo que fue peor, dentro de su mercado que ya estaba vacío y sin una sola alma. Qué miedo.
Suerte , pensé yo, que si ahora vinieran un grupo de incas con ganas de cobrarse en carne las tropelías que mis antepasados habían dejado en estas tierras, se iban a llevar un chasco cuando les apuntara y les disparara mi arma química más mortífera de esos momentos. Estaba seguro que, de ser atacado, los incas nunca estarían en disposición de repeler un ataque con agentes bacteriológicos como al que yo les podía someter. Así pues, tras acordarme de la madre que matriculó al señor que pensó en poner tres puentes iguales en aquel pueblo llegué al hotel y me fui tranquilamente al baño, sin prisas pero sin pausas.
Terminado aquel episodio dantesco, nos fuimos a dormir mecidos por la suave brisa de la montaña y, la verdad, caímos redondos por el cansancio. La alarma, al día siguiente, sonaría a las 04:30 AM, sí, sin errores tipográficos, nos íbamos a levantar cuando el río aún no estuviera puesto. Dios. Fue duro, pero a la postre fue lo mejor. La ventaja de dormir en el bello pueblo de Aguascalientes es que cuando abren Machu Pichu a las 06:00 AM uno está a tiro de piedra de la entrada. En cambio, los que llegan en tren desde Cuzco, salen de allá a las 07:00 y no llegan hasta las 10:00, por lo que llegan en manada y cuando, el resto, ya hemos hecho mil millones fotos preciosas, que, por otra parte, es cosa fácil en Machu Pichu.
J. Coltrane















